Las cosas más imprescindibles suelen ser las más agotadoras de oír. El cerebro parece apagarse, mirar hacia otro lado cuando leemos una noticia sobre el cambio climático. Aquellas consecuencias que nos parecen muy futuras, aunque no lo sean por desgracia, parecen no afectarnos demasiado. Otro debate urgente, el mal uso que hacemos del teléfono móvil, también nos agota. Comienzo a tener cada vez más amigos que quedan conmigo para comer y se pasan un tercio del tiempo, si tengo suerte, chequeando el Instagram y el WhatsApp sin ningún tipo de reparo. El resultado es que uno se siente inmediatamente menospreciado, aunque la otra persona tampoco lo haga con maldad. A menudo, cuando les comentas que por favor dejen el móvil solemos recibir miradas hostiles, o el famoso, “es solo un minuto”.

Me pregunto hasta dónde llegaremos con esta actitud, cuando comenzaremos a estallar. Imagino un día quedando con un buen amigo y levantándome de la mesa inmediatamente y marcharme de la comida si saca el móvil, aunque estemos en el postre, aunque hayamos hablado ya un rato. Me da igual, hay que reivindicar (Ups, se me acaba de escapar otra de esas palabras en las que el cerebro se nos desconecta), pues, hay que intentar volver a aburrirnos los unos a los otros. Mirar al suelo cuando no sabemos qué decir, quedarnos callados y caminar el tiempo que haga falta hasta que se nos ocurra que queremos compartir con nuestras amistades.

Team Escénicos es una nueva empresa, y como un hijo recién nacido necesita toda mi atención, así que ya os podéis imaginar la de horas que paso pegado a la pantalla, trabajando en LinkedIn, creando contenidos nuevos, mandando mails, actualizando todas nuestras redes sociales. Aun así si quedase contigo para comer te aseguro que no me verás sacar el teléfono. No, porque no lo piense, claro que lo pienso, todos tenemos el gen obsesivo de querer mirar si tenemos algún mensaje nuevo, un nuevo cliente, una nueva respuesta de LinkedIn, claro que lo pienso. Pero me importan más las personas que tengo delante, las que me hablan y con las que puedo compartir una comida.

Si la otra persona saca el teléfono no caigo en la trampa. ¿Cual es la trampa? Sacar tú también el móvil, pensar, “pues si él lo saca pues yo también” y estamos sentados juntos en un restaurante mirando nuestras pantallas de 6 pulgadas. Que cada año crecen más, aunque espero que nunca superen al tamaño del televisor de nuestras casas.

Se acerca Sant Jordi, y ese día todos seremos amantes de la literatura, pero quizás podríamos mirar un poco menos el móvil cuando vamos en el tren, cuando nos queda una hora para ir a dormir, cuando hay anuncios, cuando vamos al lavabo, cuando estamos de vacaciones, cuando tenemos un descanso. Sé que leer un libro siempre, absolutamente siempre me hará sentirme mejor, aprenderé mucho más, estaré más relajado, entre muchas otras cosas. Casi todo lo que puede darme un buen libro parece robármelo un teléfono a cambio de nada. Mi negocio no se va a hundir si en lugar de mirar el LinkedIn en el teléfono espero a llegar a la oficina. Probablemente la economía no se colapse si algún día todos a la vez, todos, decidimos “Enough is enough” “Hasta aquí hemos llegado” y desinstalamos todos a la vez el fantástico WhatsApp. Que muchos dicen:

  • Es una herramienta maravillosa, pero hay que usarla bien.

Miren a su alrededor, ¿Conocen a alguien que no sea un monje budista, alguien de su oficina que lo use bien? Quizás el WhatsApp tenga las mismas propiedades que las palomitas. ¿Quién es capaz de comer solo 6 palomitas y parar? Se nos acaba el cubo de palomitas y empezamos a buscar las que se puedan haber caído por el asiento. Nos entra la fiebre de  las palomitas y ya no podemos parar.

Y vosotros, ¿Qué hacéis cuando os sacan el móvil? ¿Cómo os hace sentir?