Este fin de semana he participado como mentor dentro del Startup Weekend organizado por Cristina Rojas y donde han colaborado muchas entidades, entre ellas: Global Shapers. Mi tarea consistió en ayudar a los distintos grupos en la preparación de su presentación de 5 minutos delante de un jurado en su última jornada de creación.

Eran profesionales jóvenes que habían estado trabajando todo el fin de semana intensamente para crear algo en equipo desde cero. Se la jugaban en 5 minutos. Podían haber creado una app impresionante o un servicio completamente distinto al resto, pero si no sabían transmitirlo con claridad, daba lo mismo: quedaría todo perdido en datos técnicos.

Fue una experiencia muy enriquecedora. Llegué allí haciéndoles preguntas: ¿Quién es el ponente? ¿Por qué tú? ¿Tienes claro lo que quieres decir? Venga, dame tus mejores 2 minutos a ver qué tal. Y a partir de ahí íbamos trabajando juntos. Repitiendo, buscando matices, encontrando el lado bueno de cada uno. Buscando qué características de cada uno de los oradores había que resaltar. Una cosa era el contenido, la organización y buscar siempre el modo de que dijesen un poco menos.

Entiendo que cuando un programador se pasa horas y hora en una característica siente el deseo de ponerla, pero no todo podía añadirse. El tiempo corre y hay que buscar los detalles más esenciales. O lo que realmente pueda conectar con el público. Las características técnicas siempre aburren. Sean lo estratosféricas que sean, aburren muchísimo.

Hubo uno de ellos que creo no olvidaré en mucho tiempo. Era una mujer joven, 19 años, la recién creada CEO de una nueva empresa, Shellocks.  Una mujer que comenzó hablando muy bajito, con la mirada pegada al suelo, muy tímida. Otros miembros del equipo tenían una voz más fuerte, hablaban inglés quizás con más seguridad. Ella no era la candidata evidente para dar el discurso. Sin embargo acabó siendo ella.

¿Por qué fue ella?

Por qué de todo el equipo, ella era quien con más intensidad mostraba pasión por su proyecto. Para ella esto no era un juego, era real, y creía de verdad en el trabajo que habían creado juntos. Cuando se concentraba los ojos se le hacían mucho más azules. ¿Cómo podemos cambiar el tono de nuestros ojos? Mirando de verdad, mostrándonos vivos y vulnerables. Hablaba con seguridad y convicción.

Cuando ves a alguien hablando de ese modo, los detalles técnicos comienzan a estar al mismo nivel que el modo en el que realizamos el discurso. He de reconocer que primero opté por otra persona para que fuera portavoz, pero ella quiso intentarlo, quiso defender el proyecto y demostró a todos con creces que las primeras impresiones nos sirven para muy poco. 

Al final, fue otro el proyecto que acabó ganando la competición, sin embargo yo me quedo con ella, porque ver como una persona pasa de estar apagada a encendida es lo que hace que nuestro trabajo sea tan bonito. Transformamos personas dándoles herramientas para que confíen en sí mismos. Nadie tiene que ser más alto ni más bajo para hablar mejor en público. Solo tienen que cambiar el tono de sus ojos. Tienen que aprender a mirar como si los segundos escaseasen. Resulta que el tiempo no es infinito. Y quienes son capaces de transmitir que cada segundo importa, que su producto tiene un sentido y un valor especial, estas personas son las que marcan la diferencia. Esta diferenciación la da la presencia escénica y la vitalidad.

Como pequeño detalle comentar que han quedado los segundos. El puesto más agridulce pero que espero abracen y les ayude a continuar luchando por esa idea. En el tenis quedar el segundo es muy duro, pero creo que tratándose de una lanzadera podemos considerar el segundo como una gran victoria.

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