Antes de comenzar una conversación recomiendo descubrir de qué color tiene los ojos la persona con la que estás a punto de hablar. Ese detalle te permitirá entablar contacto con la mirada antes que con palabras. Si buscas un detalle concreto acabarás mirando de verdad y no harás como que miras. Creo que si nos mirásemos más a los ojos nos equivocaríamos mucho menos al decir las cosas que no debemos. Sabremos si la otra persona ha tenido un mal día y necesita un poco más de tacto y por qué no, sabremos si está animada y es ese el momento de ofrecer un trato, un objeto, un extra de café.

Esto que acabo de decir quizás es obvio. Todos hemos leído una y otra vez sobre la importancia del contacto directo, del mirar a los ojos con curiosidad pero sin avasallar. Que no se puede mantener la mirada más de tres o cuatro segundos sin un pequeño descanso o la otra persona se sentirá incómoda. Rodeados como estamos de personas, lo cierto, es que la mayoría de tiempo estamos completamente solos con nuestra pantallita del móvil. Es obvio. Y sin embargo, la gente sigue sorprendiéndose cuando los miro a los ojos. Noto como si les acabase de despertar el contacto directo. Como si los viera recién salidos de la ducha. Primero se sorprenden, pero si mantengo la mirada con empatía, acaban siempre relajándose, lo agradecen.

Somos como gatos que en lugar de caricias nos gusta que nos miren. Que nos traten bien, que nos den los buenos días y nos pregunten qué tal el fin de semana. Esto no solo ocurre en nuestro hogar, nos puede ocurrir igual en la oficina, en el coworking, y por supuesto, en el supermercado. Y ese placer se triplica cuando nos miran a los ojos de verdad. Y si los tenemos tan cerca los ojos, ¿por qué será que los usamos tan poco?

Algo similar nos pasa con el mar. Vivo en Barcelona, y convivo con millones de personas. Tenemos un mar, que aunque no sea la Costa Brava, no deja de ser un mar con mucha agua y con lo más importante: un horizonte. Cuanto más lejos descansamos la mirada, más descansados nos sentimos. Mirar el mar nos hace sentirnos más vulnerables, más sinceros y más humanos. Es mucho más sencillo descubrir lo que sentimos y pensamos, si lo hacemos mientras miramos el mar. Pero una vez más pasan las semanas y abandonamos el mar en otoño, lo abandonamos en invierno, en primavera puede que algún día vayamos a saludarlo y únicamente en verano, volvemos a él, para empacharnos, para quemarnos la piel, para atiborrarnos y ya ni hablamos con él, de tanto mar que nos comemos de golpe.

Es un desperdicio tener ojos y no saber usarlos. Es un desperdicio tener mar y desaprovecharlo el resto del año. Creo que a todos nos vendría muy bien un poco de mar antes de una reunión importante. Si quedan pocos días para cerrar el trimestre y la empresa al completo parece estar resistiendo un huracán, será ese el momento para decir, “ahora vuelvo, me voy un rato a hablar con el mar”. Debería ser una prioridad tan grande como ir al lavabo.

¿Y los que no tienen mar? Pues que miren los ríos. Qué miren las casas colgantes de Cuenca, qué miren atardeceres desde azoteas de invierno, qué miren a sus hijos sin que los vean, que miren como saltan los gatos, como llueven granizos, que miren sobre todo a las montañas si las tienen, y si viven en Holanda, que miren canales y bicicletas flotando por el agua.

Puede sonar “cheesy”, lo sé, “cursi”. Pero lo dije hace años en un teatro delante de muchas personas. “Que siempre mires al mar”. Eso es lo que deseo a todos este miércoles. Que salgáis de la oficina a mirar esa agua que parece no acabarse, que salgáis de donde estéis. Que lleguéis esta noche más tarde a casa porque tuvisteis una cita muy importante. Que hoy fuisteis muy valientes y os atrevisteis a miraros en el espejo más gigante que existe. Un espejo con olas que nunca te deja de hablar.

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